Sur se despide de Pedro Paulo Poppovic, un referente para las personas que siguen comprometidas con la construcción de un futuro mejor.
Pedro Paulo Poppovic fue el primer editor de la Revista Sur. Él le dio forma e identidad a la publicación. Desde el primer momento, el objetivo de Sur fue promover un debate de ideas verdaderamente cosmopolita sobre derechos humanos, dando voz, sobre todo, a autores del Sur Global, muchas veces excluidos del debate internacional. La revista iba a ser publicada en tres idiomas y distribuirse a nivel mundial. No era una tarea para principiantes.
Por eso buscamos a Pedro Paulo. Su carrera como editor ya estaba consolidada. Había dirigido uno de los mayores grupos editoriales del país y concebido importantes proyectos editoriales, como Fascículos Abril, una enciclopedia, y Pensadores, una amplia colección de clásicos, ambos vendidos a millares en quioscos de todo Brasil. El impacto de estos dos proyectos para la democratización del conocimiento y la cultura en el país, en la década de 1970, en plena dictadura militar, es inestimable.
Al aceptar el reto de trabajar, pro bono, con un grupo de jóvenes militantes sin ninguna experiencia editorial, en la creación de una revista que, al mismo tiempo que estaba comprometida, pretendía ser de gran calidad, Pedro demostró una gran generosidad y desapego, además de una paciencia y disposición infinitas. Su contribución a Sur y a todos aquellos que tuvieron el privilegio de convivir con él en la producción de la revista fue decisiva.
Además de ser un editor consagrado, Pedro Paulo también fue gestor público. Como secretario de Educación a Distancia, en el gobierno del presidente Fernando Henrique Cardoso, de quien era amigo desde su juventud, creó TV Escola, un amplio programa de educación para profesores de la red pública. Si el objetivo, en la década de 1990, era universalizar la educación básica en Brasil, primero era necesario formar a los profesores a muy gran escala. Esa fue su tarea.
Menciono estos proyectos para dar una idea del compromiso de Pedro Paulo con la cultura y la educación en Brasil, país que él adoptó como suyo. Pedro Paulo fue una persona extraordinaria y tuvo una vida extraordinaria. Llegó a Brasil cuando aún era un niño, con su madre y sus abuelos, que abandonaron una Estambul cada vez más hostil con las minorías. Se licenció en Ciencias Sociales en la Universidad de São Paulo, convirtiéndose en un intelectual poco común, dada la amplitud de sus intereses. Al optar por la carrera de editor, en lugar de la academia, por donde siguieron tantos de sus amigos de su generación, no se vio confinado a los límites de una disciplina o a la jerga inherente a la academia profesional. Dejó que su curiosidad lo guiara, y esta lo llevó por todas partes.
Era muy difícil encontrar a Pedro sin un libro en la mano. Enseguida empezaba a hablar de lo que estaba aprendiendo, con enorme fascinación, sin mostrar, sin embargo, ninguna actitud profesoral. Esto no significa que fuera suave en las críticas y los debates. Al contrario. Pedro siempre fue muy riguroso en sus análisis y enérgico con sus interlocutores. Sin embargo, nunca utilizó su erudición para rebajar el diálogo, especialmente con interlocutores más jóvenes o menos instruidos. Sin ningún paternalismo, nos provocaba para que superáramos nuestra ignorancia. Pero le gustaba un buen debate. En esos momentos, sus ojos brillaban y la sonrisa difícilmente abandonaba su rostro.
Pero esa vida extraordinaria no se limitaba a los libros que leía. Pedro mantuvo, a lo largo de toda su vida, un enorme compromiso con la causa democrática. Su generación resistió al autoritarismo y promovió la transición a la democracia. Su casa siempre fue un punto de encuentro para intelectuales, activistas, políticos y periodistas. Como editor de Editora Abril, buscó la colaboración de disidentes y presos políticos en la elaboración y traducción de textos, con todos los riesgos que eso suponía para su propia libertad y para los intereses de la editorial.
Lo conocí después de su encuentro con Malak Poppovic, a finales de los años 80. Ella, otra persona extraordinaria, nacida en Egipto, pero ciudadana del mundo, también adoptó Brasil como su tierra y aquí tejió una enorme red de amistades, además de establecer colaboraciones dedicadas a la promoción de los derechos humanos. Economista y diplomática, con amplia experiencia en el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados, colaboró en la implementación del Núcleo de Estudios de la Violencia de la USP y fue asesora del Programa Comunidad Solidaria de la Presidencia de la República, hasta fundar Conectas, a finales de los años 90.
Pedro y Malak ofrecían generosamente las lentes que les ayudaban a comprender el mundo a todas las personas que se acercaban a ellos. Más aún, convirtieron su hogar en un entorno seguro y vibrante para los nuevos militantes de la democracia y los derechos humanos, movilizados por los retos de construir una sociedad más justa y libre de prejuicios. Gracias a sus contactos y relaciones dentro y fuera de Brasil, también colaboraron en la construcción de los pilares de una sociedad civil más fuerte e integrada internacionalmente. Ambos fueron fundamentales en la construcción de los diálogos Sur-Sur, así como en el establecimiento de relaciones más horizontales entre organizaciones del Norte y del Sur.
A Pedro ya se le echa mucho de menos. En este momento de fuerte polarización y creciente triunfo de la grosería y la ignorancia, su apego a los hechos, su concepción pluralista del mundo, su disposición al diálogo, sin relativizar los valores morales básicos, constituyen una brújula para los que siguen comprometidos con la construcción de días mejores. En este sentido, siempre fue optimista. Como los verdaderos progresistas, no temía los cambios y creía en la educación y la política como mecanismos de transformación. La Revista Sur, entre tantos otros proyectos que afectaron la vida de millones de personas, es uno de sus importantes legados. Para hacer justicia a ese legado, la revista debe mantenerse incansable, plural y siempre provocadora.
Para aquellos que tuvieron el privilegio de compartir su amistad, queda un enorme vacío, tan grande como sus fuertes abrazos, su sutil sonrisa, su mirada intensa y juvenil, además de las largas conversaciones alrededor de la mesa, en las que se podía hablar de todo lo que realmente importa en esta vida.